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¡Detente, visitante!

Quizás no te llame la atención mi apariencia, una pieza marmórea sin grandes relieves… Sin embargo, mi historia es muy antigua, y el origen de la ciudad de Santiago se hizo casi en torno a mí.
Fui extraída de unas canteras y mi primer uso fue de tipo funerario. Fui una lápida de un cementerio precristiano aquí situado. Pero, cuando fue descubierto el sepulcro del Apóstol en el año 813, fui tomada de nuevo y destinada a ser nada menos que el altar primitivo (“ara” significa “altar”) de la primera Basílica y casa del señor Santiago.
Se piensa que la Piedra Alta que me acompaña era el pie sobre el que me apoyaba y que cuatro esbeltas columnas románicas (una perdida y tres ahora diseminadas: dos en el Museo Arqueológico Nacional y otra en Estados Unidos), con tres apóstoles tallados en cada una, sostenían mis cuatro ángulos…
Sobre todo esto podrás leer mucho y bien 1* , pero no olvides que ante todo soy altar y que al separarse los monjes de la Catedral y ser esta ampliada, fui donada a la comunidad monástica donde he permanecido desde entonces, aún con el cambio a monjas, e incrustada en el altar del retablo mayor de la iglesia barroca de este monasterio, he sido lugar sobre el que Cristo se ha hecho presente en la Eucaristía.
Venera esta Ara y que el Señor te bendiga.

Nota 1*: Recomendamos leer el siguiente artículo interactivo: https://www.arsrituum.digital/espacios/altar-sacrificio

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