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Somos varios los personajes de esta escena evangélica. No sé si sabes que, cuando la gran mayoría de la gente no sabía leer, y, por tanto, no tenía acceso a las Sagradas Escrituras, los retablos y conjuntos escultóricos se idearon para poner ante sus ojos lo que oían en las celebraciones y así ver y recordar lo que escuchaban. Era la llamada “Biblia de los pobres”.
Esto de la “accesibilidad” es muy antiguo… Pues bien, para contarte lo que nos dice el evangelista San Lucas en el capítulo primero, versículos 26-38, estamos nosotros aquí.
Te lo voy a explicar yo, el Arcángel San Gabriel, el que está a la derecha. Me ves con alas, soy un “ángel”, es decir, un “mensajero”, así que necesito moverme velozmente, y, además, soy de los ángeles más importantes, por eso me llaman “Arcángel”. Mi nombre es Gabriel que en hebreo significa “fuerza de Dios”. Fui enviado a la Virgen María para anunciarle (de ahí el nombre de esta escena “Anunciación”) que sería la Madre de Dios. El saludo que le dirigí fue: ¡Dios te salve, María! O, si lo prefieres: ¡Alégrate, María! Y continué: “llena de gracia”. Es lo que llevaba escrito en mis manos y que ahora no tengo y parece que estoy bailando sevillanas… Pero, ante la respuesta afirmativa y disponible de Santa María ¿cómo no alegrarme? Ya te he explicado quién es la mujer que está a mi lado.

Arriba ves una paloma. Cierto, en actitud de posarse de un momento a otro. Representa al Espíritu Santo que va a cubrir con su sombra a María para que de ella nazca el Hijo de Dios, Jesucristo, nuestro Salvador.
Por último, el atril que ves con un libro representa la Palabra de Dios y un contexto de oración y de cumplimiento de las profecías contenidas en el Antiguo Testamento.
Seguro que, si ahora buscas en tu teléfono Lucas 1, 26-38 y lo lees, nos entenderás mucho mejor y… ¿quién sabe? Igual comprendes el gozo de la salvación, te unes a nuestra alegría y bailas una sevillana…

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