“Mirarán al que traspasaron” (Juan 19:37)
Desde la Cruz me contemplas sereno, tal como me concibió quien me talló, allá por el s. XIII, con oraciones en sus labios y en su corazón, mientras sus manos, certeras, iban esculpiendo mi figura destinada a la iglesia románica de este monasterio.
Si te fijas, no hay en mí mucha sangre, ni expreso dolor, más bien me extiendo sobre la Cruz como Rey que se sienta en un trono de Gloria. Es verdad que morí en la Cruz, pero para el evangelista san Juan en la cruz ya vencí y, al morir por amor a ti, también te di mi Espíritu.
Si me quieres entender mejor, te invito a coger la Biblia y leer los capítulos dieciocho al diecinueve del Evangelio según san Juan, un libro que encontrarás en el Nuevo Testamento.
Si me hablas, que eso es orar, aquí estoy esperándote.
He sido, además, Relicario, es decir, hicieron de mí un lugar donde guardar y conservar un objeto de veneración. En mi caso, conservé durante mucho tiempo un grano de incienso en mi cabeza que, según dicen los documentos conservados, provenía del cofre de los Magos de Oriente, tal como puedes leer en el evangelio según san Mateo, en su capítulo segundo.
Te muestro una foto que me hicieron para que lo puedas ver, pues, desde donde estoy no serás capaz de percibirlo.

